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Profesionalmente mediocres

¡Que lleguen las elecciones ya! No soporto una promesa más, un discurso de plaza más, un meme más, un debate más o más “preguntas chimbas”.

El tema político es tan ampuloso como inútil, exacerba los ánimos, caldea amistades y enardece lazos. Lo cierto es que siempre andamos mal en educación, en salud, en orden público, en desarrollo, en competitividad, en prácticamente todo, y creo firmemente que independientemente de que sea Fulano o Perencejo quien despache desde La Casa de Nariño, esto no va a cambiar ni se va a arreglar.

Empiezo por justificar mi ateísmo electoral culpando a todo el sistema educativo y en especial a las universidades.

En este momento todos prometen educación para arriba y para abajo (hasta tenemos un candidato que se “vende” como el Presidente Profesor –que dicho sea de paso, no pisa una aula de clase en calidad de Docente, desde hace más de 15 años) mientras en cada intervención buscan culpables por los problemas de corrupción en la salud, en las obras públicas, en la inversión y en todo lo demás.

Yo me atrevo a decir que así como la pereza es la madre de todos los vicios, el negocio de la educación (porque se convirtió en un negocio) es el padre de todos los males en Colombia.

¿De dónde esta aseveración? Aparte de vivir (y sobrevivir) desde hace 16 años en el mundo de la publicidad y el marketing, soy Docente universitario hace una década. He impartido diversas cátedras en muchas universidades, en muchas facultades y escuelas, en todos los niveles socioeconómicos y en todos los niveles propedéuticos. De hecho, en este momento hago parte de la nómina de una institución de educación superior, por lo cual esta diatriba se podría considerar una apoteósica “pateada de lonchera”.

Al tiempo que escribo esta columna, la hidroeléctrica de Ituango (Antioquia) damnifica a miles de personas y tiene en jaque a las Empresas Públicas de Medellín (EPM), pues por cuenta de las excesivas lluvias el caudal del río ha aumentado considerablemente, lo cual aunado al taponamiento de uno de los túneles de desviación, ha generado una emergencia que ya lleva varios días y amenaza con borrar del mapa a varias poblaciones. Seguramente el asunto se solucionará, pero actualmente cuando el tema se ha sometido a discusión y ha sido tratado en los debates políticos, todos tienden a echarle la culpa al anterior, al predecesor o al opositor; aun cuando la principal causa de esta tragedia esté fundamentada en errores humanos, ya sean estos de ingeniería o de ética. Es aquí en donde enfilo el dedo inquisidor hacia los claustros. La aparente calidad educativa es la causa fundamental de este desbarajuste social. Con conocimiento de causa manifiesto que muchos de los profesionales se están egresando trampeando al sistema, ganando exámenes con leguleyadas, presentando sus trabajos por fuera de los plazos y utilizando sollozos para entregarlos o simulando una falsa empatía con el Docente.

Lo que está pasando es consecuencia del nivel de facilismo que se apoderó de la educación superior. Los profesores, insultantemente clasificados entre: tiempo completo, medio tiempo u hora cátedra; lucimos restringidos ante reglamentos y manuales de “convivencia” de un sistema diseñado para reducir el amenazante ‘índice de deserción’ y en mantener los salones atiborrados de estudiantes, pagando matrículas exhorbitantes hasta el último día de su carrera sin importar cómo y de qué manera llegarán a él.

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Se caen los puentes, fallan las hidroeléctricas, se roban los medicamentos y los recursos de la salud, los diagnósticos son errados, las refinerías exhiben cifras escandalosas de sobrecostos y detrimentos, la ética y la honestidad son para los “bobos” no para los vivos y todo el mundo se pregunta “¿qué pasa?”. Ya no nos asombramos ante la cantidad de cárteles existentes, sino sobre el hecho de no haya cártel en algún ámbito determinado. Solo en Colombia al ‘Fiscal Anticorrupción’, en una de las escenas más macondianas que he visto en mi vida, se le sindica por el delito de corrupción (?).

Y es que esto se veía venir desde el asunto colegial de los logros, en el que no hay consecuencia ante la falla. La educación superior se convirtió en un sistema que titula estudiantes mal acostumbrados a ser jueces, jurados y verdugos de quien los debería formar, evaluar o instruir. Si el estudiante califica mal al Profesor, ese Profesor se cambia por otro. Como el Docente necesita el trabajo, entonces, al estudiante hay que hacerle “por los laditos” para que llegue al momento culminante de lanzar el virrete al aire.

En estos últimos años me he quedado sin trabajo por rehusarme a realizar el taller de recuperación, a aplicar la curva, subir ese 0,5 en la definitiva de algún estudiante que amenazó con retirarse, o a simplemente actuar como si fuera un mesero y obrar bajo el consabido “el cliente siempre tiene la razón”. Yo tengo una agencia de publicidad y esa es mi actividad principal, por lo cual las dimisiones no son el motivo de estas letras. El asunto que hoy motiva esta crítica, está en que la sociedad ya está sufriendo las consecuencias de la educación que recibieron estos mediocres profesionales. Los arquitectos de hoy (esos a los que se les caen los edificios con nombres espaciales) fueron los que pagaron por las maquetas en la Universidad. Los médicos que ven en el Ibuprofeno la cura para todos los males, eran los que le aplicaban los “quince minutos” al profe, los magistrados de hoy (esos que archivan investigaciones y cambian fallos por cualquier “mordida”) fueron los que copiaron los exámenes para aprobar sus materias. Los administradores, mercadólogos, publicistas, abogados, economistas, etc., de hoy fueron los que evaluaron mal a sus docentes porque les puso un 2,5 en el trabajo que habían pagado tan caro.

El estudiante es el cliente, el cliente siempre tiene la razón, esos imponentes edificios repletos de salones no se compran solos, la educación “es el negocio, socio”.

Ya ni la entrevista, que otrora era un filtro que tenían las facultades, funciona. Como estudiante uno se preparaba para preguntas de índole académica, ética y moral. A veces ahí, en la entrevista, se dilapidaba la oportunidad de ingresar a la universidad deseada y al programa anhelado. Ahora los decanos se volvieron guías turísticos y las entrevistas tures guiados por las instalaciones del claustro. Ese episodio de evaluación personal ya no lo es y las preguntas que allí se formulan tienen la profundidad de un magacín mañanero. Hoy en día, nadie reprueba la entrevista, hoy en día todos son aptos.

Esta vergonzosa laxitud en el nivel de exigencia, ha creado una tediosa generación de arrogantes individuos facilistas, sin ningún sentido de la urgencia, la disciplina o la responsabilidad. La educación se convirtió en un derecho al negocio, que se engendra en los niveles básicos y se madura en los superiores. En la básica nadie pierde, nadie es incapaz, todos son importantes y lo deben lograr (así se tomen 5, 10, o 20 oportunidades). En esa misma línea, en la educación superior, uno como Docente debe sopesar alumnos que no cumplen con los requerimientos de algunas competencias que cada clase demanda y que vienen viciados desde el nivel en donde no se forma sino que se comprende.

Vaya y repruebe a alguien por no tener ortografía (por ejemplo), para ver la andanada de quejas, objeciones de conciencia, razones legales, jurídicas y personales para justificar su carencia, inasistencia y apatía. Si todo lo anterior no funciona, el estudiante amenaza al claustro con irse de él (llevándose consigo los millones que paga semestralmente), lo que facilita la decisión de quien cobra dichos rubros. Un ejercicio de sumas y restas es suficiente por parte del ente educativo: ¿sigo sumando millones o resto de la nómina al profesor implacable, cuchilla y mamón? El chiste se cuenta solo.

Bueno, ¿y a qué o a quién va esta visceral reflexión?

Obedece a una exhortación que quiero hacerle a todas las industrias, pero especialmente a aquellas que involucran la comunicación, el marketing y la publicidad. Invito a todos a levantar nuevamente las paredes de la excelencia, ya sea como estudiantes, profesores, profesionales o clientes. Incito a convertir a estas profesiones en el semillero de la élite, quiero que todos los que trabajemos en esto nos sintamos orgullosos de hacerlo. Que reconozcamos en el colega el esfuerzo que tuvimos que hacer. Ya basta de 50 primíparos y 500 egresados. Empecemos a darle a nuestras ideas el valor que merecen. Como estudiantes enaltezcamos al profesor cuchilla y censuremos al bonachón. Como clientes elijamos agencias que se concentren en los resultados y no en los premios. Como profesionales, emancipémonos de los vicios que la sobreoferta de mediocres con diploma ha generado, mejor dicho y en pocas palabras, seamos profesionales antes de ingresar a la universidad.

Donny Alexei Rossoff Chawez
Vicepresidente de Mercadeo Estratégico | Comarca Marketing Advertising
Donny Rossoff

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